La idea de que los números tienen un carácter es pitagórica: en la escuela de Crotona, en el siglo VI antes de Cristo, el uno era el principio, el dos la división, el tres la armonía que las recompone. De ahí la numerología atraviesa la cábala y el Renacimiento, y reaparece en los años noventa con la forma que conocemos hoy — las secuencias repetidas vistas en el reloj, en las matrículas, en los tickets — con los libros de Doreen Virtue.
La regla básica es la reducción: se suman las cifras hasta que queda una sola, así 1987 se convierte en 25 y luego en 7. Son excepción los números maestros — 11, 22, 33 — que por convención no se reducen, porque se consideran una versión amplificada de la cifra que los compone. Los triples como 111 o 444 leen la misma cifra tres veces, es decir con énfasis; las secuencias como 1234 o 1212 se leen en cambio como movimiento, una dirección más que un punto fijo.
Conviene decirlo: la razón por la que un número parece perseguirte tiene un nombre, se llama ilusión de frecuencia. Una vez que una secuencia te ha llamado la atención, el cerebro empieza a verla en todas partes y descarta todas las veces en que no estaba. Eso no vuelve inútil el ejercicio: si un número se te queda pegado suele ser porque ya estabas pensando en algo, y leer su significado es una manera de ponerle nombre.